Lo admiro. Lo admiro y lo envidio. Lo admiro, lo envidio y me gustaría saber aplicármelo. No es algo existencial ni metafísico, ni va más allá de los grandes interrogantes del ser humano. Es una decisión, una determinación voluntaria y consciente, todo y que, desgraciadamente, desfasada desde un punto de vista objetivo tanto individual como colectivo. Alta y baja, respetable y condenable, culta y popular.
Su aplicación conlleva amarlo y respetarlo en la salud y en la enfermedad; con el corazón mas no con la razón. En la realidad y en la ficción: una ficción que imita la realidad, verosímil, perspectivizada, es decir restringido a una pequeña parcela de la ficción. Esto último no es importante, es un deje.
Además, es tan interno como externo. Si sólo es externo no se limita a ser condenable, sino también detestable e insultante en su rimbombancia. Si sólo es interno es respetable, admirable y envidiable. Si es más externo que interno vuelve a ser detestable y se limita al nivel de las apariencias, de la construcción de tu propia imagen pública: vivir para los demás, honorable, honrosa y dignamente. Sentimientos superfluos semivacíos o semillenos. Si es más interno que externo es óptimo. Su manifestación consiste en un pequeño símbolo, una sugerencia, una advertencia al entorno -al fin y al cabo somos seres sociales-; en la no exhibición ampulosa ni apologética. En otras palabras, el objetivo principal de su faceta externa no debe tener como objetivo principal despertar pena, compasión o aflicción. Lo externo es estético y lo interno es sentimental, así de cursi, explotado, quinceañero y barato.
En definitiva, antes se sabía o parece que se sabía hacer, tener y llevar. Era accesible, asequible, impuesto y voluntario a la vez, casi innato por su interiorización cultural, social y religiosa. Hoy en día es una exquisitez, una preciada y valiosa antigüedad, un valor castizo a la deriva que nos definía como seres sensibles con principios tradicionales e inmediatos a la vez. No ha habido discípulos ni imitadores, sí deformaciones que ya he explicado.
Lo aprecio, me gustaría saber recuperarlo aun sabiendo que resultaría una anacronía, como lo es para los valedores actuales en peligro de extinción. Sufre una decadencia en picado e irremediable, y yo he llegado tarde, porque ahora me vendría como anillo al dedo. Sin resignación, simplemente un estigma cuyo significado despierte mi propio orgullo y refleje mi estado interiores. No me refiero a ningún significante en concreto, tampoco quiero.
Lo deseo caprichosa y religiosamente, o de forma pagana después de su trayectoria: ancestral, revivido y adaptado con esplendor y apogeo, decaído. En todo caso sería algo mío, egoísta, retroalimentativo. Yo el sustento y la carga, lo relativo y lo absoluto, el significante y el significado, lo terrenal y lo ideal; la culpa, la autoflagelación, el autoengaño del que hablaré más adelante, el aplastante y el aplastado, el humillante y el humillado. Eso sí, fiel a lo que ya he expuesto, es decir, sin exhibir, sin lisonjear: interno, pero estigmatizado ligeramente en mi estética. Desgraciadamente he llegado tarde y se ha reducido, muy a mi pesar, al chascarrillo; la decencia mal vista y además burlada. La filosofía del individuo no ha pasivizado y nos ha incorporado las orejeras o anteojeras, como quieras llamarlo. Pero no quiero hablar de filosofía, quiero hablar de cómo me siento y ya.
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