Al rascarme la cabeza me cayó una mariquita del pelo, que debería haber llegado ahí mientras paseaba por el bullicioso mercado. Me pregunto qué habrá sido de su vida después de haberla abandonado en el sucio autobús inglés. No me gusta hacer turismo, no por el hecho de contemplar aquello que es nuevo para mi, sino por ser/parecer un turista que camina por donde acude toda la ‘clase turista’, y por donde es muy probable que la sociedad autóctona no haya puesto nunca un pie. Sería mi último dia dedicado al turismo de alpargata.
Finalmente había llenado la despensa el dia anterior y me pude relajar ante el ordenador con mi propia cena y sin más invitados que habían estado alojados en el piso para hacer turismo en Londres. La calma fue relativa, la interrumpió una muchacha que es capaz de hablar con las paredes, y que siente que explicando sus problemas sentimentales a cualquiera se solucionarán o se sentirá más aliviada. La gente marea, especialmente cuando se acerca la luna llena.
Eso sí, me ha encantado coger las riendas de la experiencia y apreciarlo todo desde la correcta distancia, ya estoy deseando volver. No hay nada más divertido y menos ridículo que ver cómo el pavo real macho se zarandea para triunfar en sus conquistas, cómo el de intelecto limitado inicia discursos fuera de lugar, espacio y tiempo, y cómo el español residente en inglaterra intenta desenraizarse y tirar por los suelos al español que recién ha llegado. Por mi parte, váyanse a cagar, muchedumbre arquetípica.
Lo más satisfactorio ha sido dar a luz un trabajo bien realizado, y si además te pagan, te alimentan y te elogian por ello, ya no lo cambio por nada, especialmente si puedo seguir tomándome la vida con esta distancia personal con la que hasta me puedo reír de mí mismo. La distancia es graciosa, y la gente que se cree distinta por estar distante, todavía más. ¡Cuánta convención lingüística con la que me limpio el culo! Engáñense a ustedes mismos, pero a mí no.
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